domingo, 4 de enero de 2015

JESÚS EN TU CASA




Un día estaba un joven en su casa y alguien tocó la puerta.

Al abrir la puerta como sorpresa encontró al diablo quien lo agarró del pelo, lo pateó, lo golpeó, y luego se fue.

Y pensó el muchacho: "¿Qué debo hacer?"

De pronto cuando el diablo  se había marchado vio pasar a Jesús y pensó: "¡Si Él está en mi casa el diablo no va entrar!"

Entonces lo invitó a pasar, le mostró la casa y le preguntó:
  -¿Puedes venir mañana cuando el diablo pase por aquí?

Y Jesús respondió que sí.

Al día siguiente el diablo volvió a tocar la puerta y ya Jesús estaba adentro de la casa.

El muchacho muy tranquilo abrió la puerta y el diablo volvió a darle una golpiza.

Entonces el muchacho muy molesto le reclamó a Jesús que porque no hizo nada por defenderlo y dijo:

-No hice nada porque no estoy en  mi casa, solo estoy de visita.

El muchacho lo pensó un poco y lo invitó a vivir en su casa, le mostró su cuarto y dijo:

-Ahora vas a seguir viviendo aquí, éste será tu cuarto.

Y Jesús aceptó

Como ya era de costumbre al día siguiente tocaron nuevamente la puerta, y era otra vez el diablo, el joven muy confiado abrió la puerta, pues ya Jesús vivía en su casa, y el diablo nuevamente le dio la golpiza.

El joven, molesto fue donde Jesús y dijo:
-Ya vives en mí, ¿Qué más deseas para defenderme?

Y Jesús le contestó:
-Yo solo vivo en tu casa, en mi cuarto. Mientras no estés en mi cuarto no te puedo defender.

Entonces el joven reflexionó un poco y dijo:
-De hoy en adelante ésta es tu casa, yo estaré aquí como invitado si me lo permites... Y así fue.

Al otro día tocan nuevamente la puerta, pero esta vez no fue el joven quien abrió la puerta pues ya no era el dueño de la casa, al abrir Jesús la puerta el diablo se disculpó pues pensó que se había equivocado de casa.

 Queridos amigos, como consejo quiero decir que no es suficiente decir dentro de nosotros que Jesús vive en nuestro corazón, tenemos que entregar de corazón nuestra vida para que Él pueda actuar por nosotros.

sábado, 3 de enero de 2015

PASTELILLOS DE ARROZ





    
 En la costumbre de la montaña vivía el maestro Zen. En el valle había dos monasterios de monjas Zen, el Monasterio del Este y el Monasterio del Oeste. La diferencia entre las monjas del Este y del Oeste era que las del Este pronunciaban en sus rezos el nombre de la deidad como Kwan Seum, mientras que las del Oeste lo pronunciaban Kwan Seoon. Y se peleaban.
     
A tanto llegó la discordia que decidieron de común acuerdo recurrir al maestro de la montaña. Él las escuchó  y anunció que bajaría el día siguiente a las once de la mañana a dar su veredicto.
    
 Era lo justo. Pero las monjas quedaron inquietas. Las del Este pensaron, "¿Si perdemos, a pesar de tener la razón? Hay que hacer algo".
    
Sabían que el maestro de la montaña le gustaban los pastelillos de arroz. Se preparaban rápidamente y son deliciosos. Dicho y hecho. Los hicieron, los pusieron en una gran bandeja y se los llevaron al maestro de la montaña. El maestro se entusiasmó:

-¡Con lo que me gustan los pastelillos de arroz! Y aquí en la montaña no los consigo nunca. Gracias, gracias. -Y comenzó allí mismo a comerlos.
Mientras los comía le dijeron las monjas: -Nosotras somos del Monasterio del Este. Pronunciamos el nombre del sagrado como Kwan Seum. Esa es la verdadera pronunciación, ¿no?

- Desde luego, desde luego,  -contestó el maestro entre bocado y bocado, ¿Quién iba a decir otra cosa?

Las monjas se fueron contentas, y el maestro quedó más contento todavía.
    
 Las monjas del Monasterio Oeste tampoco estaban ociosas. ¿Si perdemos a pesar de tener la razón? Hay que hacer algo. Sabían que el maestro le gustaban los fideos revueltos. Lleva mucho tiempo en prepararlos, pero son deliciosos. Dicho y hecho. Los hicieron con gran cuidado, los pusieron en un gran cuenco y, aunque era ya muy tarde, se los llevaron al maestro de la montaña. El maestro se entusiasmó: -¡Con lo que a mí me gustan los fideos revueltos! Y aquí en la montaña nunca los consigo nunca. Gracias, gracias. -Y se puso a comerlos allí mismo.

Mientras comía le dijeron las monjas: -Nosotras somos del Monasterio del Oeste. Pronunciamos el nombre del sagrado como Kwan Seoon. Esa es la verdadera pronunciación, ¿no?

-Desde luego, desde luego, -contestó el maestro entre bocado y bocado, ¿Quién iba a decir otra cosa?
Las monjas se fueron contentas, y el maestro quedó más contento todavía.
Al día siguiente, a las once de la mañana quinientas mojas se reunieron el la Sala Principal de Buda. El maestro sentó en el trono, murmuró plegarias, hizo inclinaciones, miró a ambos lados y pronunció sentencia:

-El Libro de los pastelillos de Arroz dice que Kwan Seum es lo correcto, mientras que el Libro de los Fideos Revueltos dice que Kwan Seoon es lo correcto.
Las monjas comenzaron a insultarse diciendo,

-¡Nosotras le habríamos dado pastelillos!
-¡Nosotras le habríamos dado fideos!

El maestro calmó el alboroto y les dijo:

Cuando reces, reza. Cuando cantes, canta. ¿Qué importa la pronunciación? ¿Qué importan las palabras? Sólo hagan lo que hacen. Es lo único que importa.

Con eso descendió del trono y regresó a la montaña.

viernes, 2 de enero de 2015

LADRON DE MARTILLOS

  


Había un carpintero que trabajaba en su establo haciendo jaulas para gallinas. Sucedió que se le desapareció el martillo y lo buscaba desesperado.

Saliendo del establo vio al hijo del vecino pasar por allí y empezó a sospechar de él.

Cuando más lo pensaba más se convencía de que ese niño le había robado su martillo. Comenzó a espiarlo; cuando el niño salía de la escuela y cuando llegaba.

Cada vez lo veía más claro: "Sin duda alguna, él fue quien me robó el martillo; tiene cara de ladrón de martillos, se mueve, camina, habla, como un verdadero ladrón de martillos".

Y cuando más vueltas le daban en su cabeza pensando que era él y lo miraba como tal, más se convencía.

Pero a los dos días, encontró su martillo al recoger el aserrín: estaba cubierto por aserrín y maderas.

Ese día vio salir a su vecino y ya no lo vio como ladrón de martillos: ni su cara ni su forma de caminar de correr eran de un ladrón de martillos.