lunes, 16 de febrero de 2015

AQUI VIVE UN NIÑO SANO Y FELIZ




Mi hijo mayor acaba de cumplir ocho años. Un día, poco tiempo antes, yendo en su bicicleta a la alberca, frenó con fuerza frente a mí y dio un magnifico patinazo. Se volvió a verme con una sonrisa de satisfacción. Por lo regular, ese pequeño patinazo habría motivo de una severa advertencia de "no gastes las llantas". A mí siempre me enseñaron a cuidar bien mis cosas y a mantenerlos en buen estado. Sin embargo, he aprendido que existe una diferencia entre el desgaste natural de las cosas y hacer que estas duren cueste lo que cueste.

La diferencia se me hizo patente en un día soleado de hace cuatro años. Mi hijo, entonces de cinco, había pasado una tarde normal de verano jugando en el parque y nadando en la piscina del barrio. Esa noche, a la hora del baño, noté que tenía el cuerpo cubierto de manchitas rojas. Alguna enfermedad eruptiva, pensé, y llamé a mi esposa para que echara un vistazo. Casualmente tenía una cita con su pediatra al día siguiente.

En la mesa de auscultación notamos que tenía también grandes cardenales en las piernas. La pediatra nos pidió que lo lleváramos de inmediato al departamento de emergencias del hospital infantil; ella se reunirá allí con nosotros en una hora.

Es fácil imaginar el miedo que sentimos. Varios análisis (y largas horas) después, los médicos determinaron que mi hijo padecía de una enfermedad llamada purpura trombocitopénica idiopática, que hace que el bazo destruya las plaquetas, indispensables para la coagulación de la sangre. Si empeoraba, el niño podría sufrir una hemorragia intensa y morir desangrado. Solamente el tiempo diría si podría mejorar por sí solo.

Al tercer día de su estancia en el hospital fui a comprarle un regalo. Extendí la mano para tomar un auto convertible amarillo de juguete (le encantaban lo autos) y titubeé.

Sabía que el juguete no iba a durar mucho tiempo en manos de un niño de cinco años. Entonces pensé: "Que importa si le arranca las puertas y las ruedas se le caen. Si eso sucede, significara que mi hijo está bueno y sano. Lo compre con la esperanza de que estuviera suficiente bien para jugar con él. Se emocionó mucho al recibirlo. El juguete le ayudo a sobrellevar la semana que paso en el hospital".

Vi el auto al otro día,  en una repisa de su cuarto. No tiene ruedas, las puertas están rotas y el cromo se le desgasto. Al verlo, sonrío. Mi hijo ha estado perfectamente bien en estos últimos cuatro años, y está lleno de vida. Su misteriosa enfermedad vino y se fue.

Y yo aprendí que los objeto son solo eso, y que pueden reemplazarse si es necesario. Si cualquiera de mis muchachos rompe algo o lo desgasta jugando, en vez de reprenderlo por su descuido, prefiero celebrar su niñez. El cascaron vacío de lo que alguna vez fue un auto bonito y las piezas pérdidas de su juego de monopolio son prueba del hecho de que aquí vive un niño sano y feliz.

La prudencia y el cuidado de las cosas tienen su lugar, como también tienen la experimentación y la curiosidad. Al final de cuentas, mi relación con mi hijo y mi esposa es lo que verdaderamente perdura. Yo elijo celebrar nuestra vida y vivir de las perdidas. Además, yo solía dar los mismos patinazos... pero nunca delante de mi padre.

viernes, 6 de febrero de 2015

CIUDADANOS DEL CIELO




Un enfermo anciano tenía por costumbre tener una silla vacía al lado de su cama. Pensaba que en él se encontraba Jesús sentado. Un día se lo encontraron muerto, con la cabeza apoyada en la silla vacía que tenía siempre a la cabecera en la cama.

La vida acaba con la muerte, dicen algunos, aunque para los creyentes en Cristo, la vida no termina, se transforma en una nueva y verdadera vida. Por el paso de la muerte la vida es enraizada definitivamente.

Con la muerte se acaba todo lo que se tiene en esta vida: proyectos, bienes, futuro... cuando visita la muerte a un ser querido, se nos desgarra el alma y siempre nos llega como un ladrón, por sorpresa y sin sentido. Son en esos momentos cuando se cruzan por nuestra cabeza toda una serie de preguntas: ¿Qué sentido tiene todo? ¿A dónde va a parar tanto esfuerzo realizado? ¿Por qué a nosotros?

El creyente, igual que confió en el padre durante su vida, igualmente sigue confiando a la hora de la muerte. Con Jesús puede repetir

"En tus mano encomiendo mi espíritu". Acogiéndose al mismo Señor de la vida que resucito a Jesús. En la misma muerte el creyente proclama su fe en la vida.

El Dios de Jesús no es un Dios de muertos, sino de vivos. Quien ha creído en el Dios de la vida, no puede morir. El que cree en Jesús tendrá vida. Quien bebe de él y come del pan verdadero tendrá vida y encontrara la fortaleza para vencer la muerte. Es ese momento de la muerte cuando el creyente renueva su fe en la vida y se debe comprometer a vivir y defender la vida. El cristiano debe ser un amante de la vida. Dios quiere que tengamos vida abundante. Cristo ha entregado su vida para que nosotros vivamos.

La resurrección de Cristo es el triunfo de la vida sobre todas las muertes, no se nace para morir, sino para vivir. "No temas, soy yo el Primero y el último, el que vive; estuve muerto, pero ahora estoy vivo por los siglos de los siglos".

Algunas grandes culturas africanas entierran a los difuntos orientados hacia el oriente, lugar por donde nace el sol, movidos por la creencia de que la muerte es como la noche, pasajera, tras la cual hay un nuevo amanecer; así como el sol nace y muere cada día, así ocurría con esas personas.

En los cementerios católicos del Mediterráneo hay un árbol característico: el ciprés. Es esbelto y apunta hacia el cielo. Es un símbolo que indica a los vivos hacia donde tienen que mirar.

Estamos viviendo en tiendas de campaña. Somos extranjeros, ciudadanos del cielo. Sabemos que los gozos de esta vida son una aproximación de lo que vendrá después. Todo lo bueno y hermoso que aquí soñamos, lo tendremos allá transfigurando. Pero, muchas personas piensan que el pensar en la muerte les va a amargar la vida y el miedo a "la hermana muerte" no les va a dejar vivir en paz. Es cierto lo que afirma E. From. "Morir es tremendo. Pero la idea de tener que morir son haber vivido es insoportable". Por eso, para aprender a morir bien, hay que saber vivir mejor.

No todo termina con la muerte. Con ella empieza la verdadera vida.